COMPARTAMOS RECURSOS: TODO EN COMÚN


Artigo 018

Este es el momento del compartir a niveles insospechados. Una nueva forma de “comunión de bienes espirituales, intelectuales, artísticos…” en la sociedad del inter-net de las cosas. ¡Podemos crecer todos juntos y formar otras comunidades posibles… apasio-nantes! Y algo de esto hemos podido ya experimentar en nuestras casas… durante esta experiencia del coronavirus. 

- Jeremy Rifkin nos anuncia -desde hace algunos años- que es-tamos entrado en la tercera revolución: la revolución del inter-net de las cosas. Es algo así, como una puesta en común “a coste cero” de muchísimos recursos que antes solo estaban disponibles para grupos aristocráticos, de gente adi-nerada y privilegiada. 
- En estos días de aislamiento, paradójicamente internet nos ha mantenido en comunicación con el mundo hasta límites in-sospechados. Entrar en la red -¡y con tiempo a disposición!- nos ha permitido encontrar un mundo espectacular de recur-sos: compartir experiencias, informaciones, imágenes, refle-xiones, participar en manifestaciones masivas tanto en clave humanitaria, como política o religiosa, continuar nuestros cursos académicos, recibir información médica, o psicológi-ca. 
- La red nos ha aportado videos, periódicos, acceso a televi-siones del mundo, información puntual sobre lo que está ocu-rriendo y formas de interpretar y de actuar, entradas a mu-seos… 
- (Es verdad, que también está ahí el “otro virus”: el de la red oscura, que la sociedad ha tratado de no facilitar el acceso, poniendo límites policiales y judiciales.)
- Y ¡todo esto, compartido! ¡A coste cero! Tras esta experiencia, se prevé una lucha entre el capitalismo que no se resigna a “no cobrar”, a no obtener beneficios.

¡Paradójicamente surge un nuevo modelo que reactualiza la utopía de los Hechos de los Apóstoles: “¡Y lo tenían todo en co-mún!”.

Formemos comunidades que “merezcan la pena”

Estos días de pandemia han sido un test para ver cuál es nuestra comunidad real. Y esta experiencia suscita preguntas que tal vez no nos hacemos explícitamente. 

Estamos pasando muchos días todos juntos: confinados. El con-finamiento nos ha permitido no acercarnos demasiado unos a otros y también confirnarnos dentro de la comunidad en nuestro propio mundo. Quizá la comunicación haya sido más intensa con personas con quienes no convivimos, que con aquellas con las que convivimos. Nuestro interés mutuo ha sido “lo normal”, mientras el interés por otros ha sido muy intenso. Nuestros teléfonos móvi-les y sus cámaras… nos lo han permitido.

Y una se pregunta, ¿cuál es mi comunidad? ¿Con qué personas me siento entrelazado? ¿Con quiénes sueño, proyecto, me lamento o me regocijo? ¿Cuál es la razón por la que vivo en esta comuni-dad? ¿Simplemente porque me han destinado a ellas, quienes tie-nen la facultad de destinar, o porque alguna razón superior lo re-quiere? ¿Es la misión conjunta y compartida? ¿Es formar una co-munidad de oración y de intercesión? ¿Es un carisma entusias-mante?

La vida misionera de san Pablo le marcaba el tipo de comuni-dad más adecuado para cada momento. No se atuvo a normas de pertenencia por trienios. La misión marcaba con quienes iba a compartir su vida. Tampoco buscó convivencias difíciles para pro-bar su paciencia y resistencia. Lo más importante para él era el convivir con gente apasionada por la Misión del Espíritu: sería en un tiempo Bernabé, en otro Juan Marcos, en otros Silas, Timoteo, Aquila y Priscila…. (Lo hemos meditado estos días a partir de la lectura del libro de los Hechos). No estamos en comunidad para porbar nuestra capacidad heróica de convivir con todo, sino por-que hay una misión que nos convoca… Somos comunidades para los demás. También las comunidades contemplativas y monásti-cas. Ellas, desde su experiencia de siglos, saben muy bien cómo es-tablecer relaciones que no impidan centrarse en la gran misión que han recibido: la liturgia comunitaria, la contemplación, la in-tecesión, el camino interior. 

El fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, expuso en su mani-fiesto del 2017 su intención de crear -con su plataforma-  comuni-dades “que merecieran la pena” y en las que se enrolaran más de 1000 millones de personas. La vida consagrada ha formado miles y miles de comunidades en su milenaria historia. Hoy también nos vemos interpelados por “nuevos modelos de comunidad”, pe-ro ¡que merezcan la pena! ¿Será posible en la época del pos-virus?   ¿Seremos capaces de sanar de los virus que frecuentemente las in-fectan?

Es ya el tiempo de  de una “nueva ritualidad”

Nuestras comunidades misioneras se han ido des-ritualizando. Creíamos que era necesario, para adaptarnos al tiempo, a la cultu-ra de la modernidad. Hace muchos años, antes del Concilio Vati-cano II, la ritualidad era una de las características más notoria de una comunidad religiosa: ritualidad que afectaba a la morada de-nominada “monasterio”, “convento”, “casa religiosa”. Ahora de-cimos simplemente “nuestra casa”, “nuestro piso”, “nuestra resi-dencia”. Lo mismo sucedía con el hábito, con las normas internas de silencio, de precedencia etc. Hemos sentido la necesidad de su-perar aquella ritualidad, que las generaciones jóvenes nunca han conocido.

Cuando comencé a explica el tratado de teología fundamental de los Sacramentos cayó en mis manos un libro titulado “Cristia-nismo sin ritos”. En aquello años también se decía que el cristia-nismo no es una religión, sino una fe. No obstante, creí que -a pe-sar de todo- era importante incluir en mi reflexión un capítulo so-bre la antropología del rito. No fue Jesús quien instituyó los ritos, entre otras razones, porque un rito procede de una tradición; las tradiciones culturales confieren significado a los ritos. Los ritos son el resultado de un lento proceso que implica toda una trayec-toria por parte de una comunidad. Suscitarlos y hacer que emerjan requiere una gran dosis. Propio del rito es su carácter repetitivo e insistente. Dan prioridad la “hacer” sobre el “decir”. Ahorran energías, domestican, nos intalan en un “hogar”. Los ritos hacen práctico el mito carismático. 

No debemos seguir en la vida consagrada tan des-ritualizados como estamos. Tampoco es cuestión de recuperar la “vieja rituali-dad”. Nuestras comunidades y personas necesitan que emerja la nueva ritualidad que nuestra cultura posmoderna favorece.  

La Iglesia está experimentado en esta pandemia una tremenda interrupción de su ritualidad. ¿Será la ocasión propicia no para re-cuperar la ritualidad interrumpida, sino para intentar descubrir, aquella nueva ritualidad que el viejo paradigma ritual impide na-cer?

Creo que esta es una tarea urgente para nuestros capítulos gene-rales: la re-inventar nuestra ritualidad. Y con la palabra in-ventar no significamos crear desde la nada lo que no existe, sino descu-brir las formas de ritualidad nueva emergentes y que el Espíritu está haciendo brotar.

CONCLUSIÓN
La Creación es un gran organismo viviente donde tiene cabida el azar, lo imprevisible, lo autopoiético, lo mágico, el milagro… y también lo trágico, lo que se derrumba, lo que muere matando… Pero nuestro Dios está enamorado de su creación (teóloga cana-diense Sallie McFague) y no la abandona, ni la deja a su suerte. Su Espíritu de Amor la envuelve, la cuida, le concede nuevas opcio-nes para que el proyecto del Abbá, el Reino que Jesús proclamó y simbolizó en su corta vida, llegue a su plenitud (pleroma).

La vida consagrada tampoco está dejada de la mano de Dios. Pero hay que pensar. Hay que abrirse a la “nueva conciencia” que está llamando a nuestras puertas.

Estos días de confinamiento deben ser para nosotros una autén-tica “interrupción” providencial, y no solo una “pausa” para se-guir después con lo mismo, pero marcando otros días en el calen-dario.  Y una interrupción para tomar un nuevo rumbo. La nube del éxodo se ha parado. No le indiquemos nosotros hacia dónde tiene que encaminarse. Esperemos el momento en que la nube se levante y nos guíe. Es la nube del porvenir. Es la nube que lleva al pueblo a la victoria: Nico-demo.

 
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